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2015-08-01

Despertares II. El ladrón de flores.

 
Y allí en lo más alto, por encima incluso de las nubes, allí donde sólo se escuchan los latidos de los corazones embriagados aún al pasar del más brioso galope al paulatino trote, allí permanecen acostados, ella junto a él, él al lado de ella, enganchados mínimamente por un solo dedo; enfrentando sus ojos, con esa ausencia en las miradas y ese fuego aún en ellas, de quienes han saciado, por un momento al menos, sus ganas de amar y ser amados con todo el alma.
Así es como se aman, con todo, sin dejar nada para mañana; sin reservarse ningún beso, ninguna caricia y así, se dan todo lo mejor, lo más bonito que llevan dentro, hasta quedarse vacios de sí mismos y a la vez, llenos uno del otro, él de ella y ella de él.

Va pasando el tiempo, en pequeños intervalos de silencios, rotos por las únicas palabras que en esos momentos tienen la categoría suficiente como para hacerlo sin romper la magia que envuelve la atmósfera del cuarto,

– Te amo.

– Te amo, con todo mi corazón.

El sol calienta ya la habitación y golpea con sus rayos contra la persiana. Es hora de regresar a la realidad del colchón.
Él tiene presente su promesa y tras depositar un beso, liviano, amplio y eterno, sobre los labios aún trémulos y adormilados, se levanta, no sin dejar de mirarla; desnuda, bella como una diosa, reposando entre el revoltijo de sábanas sobre las que él se había acostado.

– Descansa amor mío.
Durante unos segundos, él se queda de pie, junto a la cama, observándola, admirando su belleza, su sosiego y por un momento se siente el más afortunado de los mortales; la ama y ella le ama a él y por fin están juntos, para siempre.

Debe darse prisa, en breve ella se despertará y para entonces, debe tener a punto todo aquello que preparara, como cada mañana, para ella.
Bajo la ducha, mientras miles de gotitas tibias mojan su cuerpo derramándose desde la cabeza, recuerda cada pequeño detalle de la noche pasada junto a ella y del reciente despertar; sonríe y de nuevo, esa sensación de felicidad le cala, esta vez por dentro, hasta el corazón.
Ella aún duerme, aún así no puede entretenerse de nuevo en mirarla como él desearía y por temor a despertarla, tampoco debe besarla,

– Eres tan hermosa... – susurra.

Se viste, un pantalón corto, una camiseta y las chanclas; coge las llaves, enciende un cigarrillo y sale de la vivienda.

Es verano y a estas horas casi no hay nadie en la calle, los servicios de limpieza municipales, algún que otro perro paseando con su ama y los dueños y dueñas de los comercios más madrugadores del barrio que comienzan a subir sus persianas, son los únicos con los que se encuentra.
Él se dirige hacia el obrador, a ella le encantan los panecillos de soja tostados para desayunar, con su chorrito de aceite de la tierra, su tomatito rayado esparcido por encima y su pizca de sal.
Para él, una magdalena de esas tan grandes y esponjosas rellenas de crema de chocolate que se le deshacen enteras al hundirlas en la leche con cacao. Un cartón de zumo de naranja completa la lista de la compra esa mañana.
Al salir del obrador, lo más complicado de conseguir, la flor, una rosa de las blancas que crecen frente a la panadería, mira en todas las direcciones, también hacia las ventanas y balcones próximos al jardín donde, esta mañana, cortará una sólo para ella.
–Mañana te traeré una rosa, blanca – le había dicho la mañana anterior, mientras ella le abrazaba con fuerza, emocionada, agradeciéndole el ramo de margaritas con el que él había decorado su desayuno, junto al café con leche sin azúcar, el panecillo de soja, el zumo de naranja y el poema que al amanecer, mientras ella aún dormía, él le había escrito en un papelito y que le había llevado, como cada mañana, en una bandeja a la cama, justo en el momento en el que ella despertaba.
M.B.15
...tu ladrón de flores, tu poeta,
tu amor, tu amante...
tu lobo, tu corsario,
te amo, Txezka.

Despertares I. Penumbras.... 

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